domingo, 22 de julio de 2012

Indignación y tristeza


CARLOS E. CAÑAR SARRIA

Queda la esperanza de no repetirse los bochornosos acontecimientos de la semana pasada en Toribio que hicieron que el sentimiento de indignación nacional se manifestara con mucha contundencia.

El trato infame, irrespetuoso, abusivo y desconsiderado a los soldados de la patria por parte de un grupo de indígenas generó un sentimiento colectivo de rechazo en todo el país. El propio líder de la guardia indígena, Feliciano Valencia, reconoció como un “lamentable error” lo ocurrido al sargento García.

La paz es un derecho y un deber constitucional. Todos los colombianos, sin distingo alguno, tenemos el derecho a una existencia física y emocional que permita el disfrute de la vida en condiciones de dignidad y seguridad; pero ningún compatriota, ningún sector social puede atribuirse derechos, actitudes y potestades desconociendo la vigencia de la Constitución y de las leyes.

Lo sucedido en Toribío con los soldados es una palpable demostración de cómo se tienen trastocados los valores en la sociedad colombiana. Resulta inadmisible pretender hacerse escuchar, hacer sentir la presencia de este importante grupo social, de exponer reclamaciones legítimas al Estado que consuetudinariamente les ha negado muchas cosas, recurriendo los indígenas a comportamientos que desdicen de una cultura política de tolerancia.

A los indígenas no se les puede desconocer su derecho a vivir en paz, su derecho a la dignidad; su inconformidad por los atropellos de todo orden de que han sido víctimas, incluyendo la pérdida de sus vidas. Hacen parte de un vasto conglomerado social, representan una raza admirada, entre muchas cosas, por su sentido de organización y en su lucha por el reconocimiento. Difícil la existencia de los indígenas sobreviviendo entre dos o más fuegos. Es legítima la protesta social, lo que no puede legitimarse son los procedimientos utilizados para expresar el  descontento, como en el caso de Toribío.

La indignación e impotencia que llevó a lágrimas al sargento García afianzó la solidaridad nacional al Ejército. Admirable la entereza de García, su capacidad de control. Su racionalidad, que no obstante las presiones, las provocaciones, la humillación y el irrespeto que padeció, aplicó la pedagogía de respeto por los Derechos Humanos y del Derecho Internacional Humanitario. El comportamiento de García y sus soldados los enaltece al igual que a la institución que representan. El no uso de la fuerza y la violencia contra la población civil a pesar de los vilipendios que tuvieron que soportar con estoicismo, deja una enseñanza imposible de olvidar en un país como el nuestro donde el delito más común es el homicidio y en donde la gente hasta por pendejadas se mata.

Importante el reciente pronunciamiento del presidente Santos en el sentido de sentirse preocupado por el bienestar de los soldados y sus familias, al tiempo que anunció la destinación de más de un billón de pesos para atender tal situación. Convocó a los colombianos a respaldar a la Fuerza Pública: “Rodearla, acompañarla, estimularla, para que nunca más un valiente soldado de Colombia tenga que llorar por la incomprensión de sus compatriotas”. Agregamos la tesis de Estanislao Zuleta: “Un pueblo maduro para el conflicto está maduro para la paz”.

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