lunes, 9 de julio de 2012



LA ORANGUTANA NO USABA BOLSO CARTIER


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Locombiano

No es una frase que predique prepotencia ni mucho menos desprecio por el otro. Cada uno tiene su propio estilo. Sea, escritor, torero, modisto, arquitecto o locombiano. El adagio popular “cada cual sabe cómo matar sus pulgas” puede cambiar de animal o de verbo. El fondo de lo que se quiere decir seguirá siendo igual.

Cada ser humano tiene su ADN y sus propios genes y entorno. Podrá tener muy parecida la nariz, la voz, los gestos. Sin embargo, los gustos, los objetos, el uso de un vocabulario, los métodos, la época, la manera de mirar al mundo no podrán imitarse.

Ha habido hombres y mujeres que han optado o caído en moldes o rebaños. Han decidido formar parte de una escuela y se proclaman como seguidores de un movimiento o del uso de etiquetas y señales particulares de determinado momento histórico. Así se conocen la Edad Antigua o clásica, el Medioevo, el Renacimiento o la Escuela de Frankfort o la Iglesia Católica o la Anglicana.

Entre más refinado o exclusivo sea el artículo más cotizado se vuelve. Cuando una edición se agota y sus libros se pierden, el que quede se llamará incunable y tendrá valor de joya preciosa.

No solo en arte será en gran estima la obra original que determinado autor labró o talló en su taller y firmó en el pedestal. Entre más auténtico y distinto sea el timbre de una copa o el tono de la garganta de un tenor o barítono se cotizará más su fama.

El valor de una lana de oveja será de más precio si es de raza merina o el catador de vino sabrá si pertenece a tal casa o cepa. No así el valor del estilo de un ser humano.

Por eso es extraño que se trate de comparar “científicamente” el estilo y el uso de palabras, giros idiomáticos de un tiempo remoto con el que hoy tiene el homo sapiens de esta era del plasma, el robot y el iPod. El primate no conoció estos artefactos ni con su pulgar probó el sabor de la leche asada.

Nadie pretenderá hoy vestir todo el año como nuestro antepasado el chimpancé ni escribir con punzón sobre las piedras. El humano aprendió a expresarse con palabras que inventó y formó con ellas miles de idiomas y transformó el paisaje a su antojo. Por el idioma, el vestido, sus costumbres hoy sabemos de dónde es quien habla árabe, chino, japonés y conocemos su arte. Pero cada país tiene sus artistas o científicos que sobresalen en cada generación. El hombre no nace en serie como un lote latas importadas o un modelo de carros.

Es verdad de Perogrullo que un escritor gana el premio Nobel porque su genio sobresale entre muchísimos otros y que artista que se precie se esforzará por no parecerse a otro de similar ocupación u oficio.

Agradecemos a los estudiosos de la Universidad de Dortmouth en EE. UU. que hayan gastado sus pestañas para concluir que el hombre de hoy cada vez se aparta más de las palabras y modelos antiguos y que su lenguaje lo toma de la modernidad y sus artefactos.

06-07-12                                       10:44 a.m.

No hay comentarios:

Publicar un comentario