jueves, 12 de julio de 2012

EVA


Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca

Ilustración: dibujo de Rodrigo Valencia Q

Eva miró la serpiente, miró la manzana, la oscuridad que la rodeaba, el miedo de sí misma y de su amante ausente… Un pudor creció en sus entrañas, nubló toda esperanza.

Recogió sus pensamientos, indagó en sí misma, un nuevo rostro reemplazó al primero; vio la oscuridad; matices extraños acercaban el olvido, todo se había hecho viejo bajo el cielo.

“¡Adán, Adán!, -gritó-. ¿Dónde estás?” La noche era tinte violeta; entre las ramas del follaje, mucha oscuridad… ausencia, el extrañamiento llenaba el miedo.

Ninguna presencia; ni ángel ni demonio hacían sonoro el bosque; los astros giraban en el cielo como rosa alucinante, la boca del abismo exhalaba inmensidad; Dios era el rostro más desconocido.

“Tengo los años nuevos, y aún así no recuerdo mi origen. ¿He nacido acaso de la tierra, del agua o las estrellas? Toco por primera vez mi cuerpo; es denso, extraño la suavidad etérea; hay fiebre en mis fuentes íntimas, mis pechos son deseo y tierra que calcina”.

Adán apareció; dormía en el aire, el cansancio era su único manto. Bella desnudez de mancebo; descendió poco a poco a tierra, hasta la hierba junto a ella. Inmóvil, Eva lo mira, trata de adivinar su sueño; pero del sueño sólo cada quien es puerta; todo se hunde y borra en ese sagrario de ébano, ventana exenta de razón.

Se acostó junto a él; acarició su piel, lo acompañó en el sueño. Un zaguán estrecho y húmedo apareció; infinito de largo, penumbra para contar años sin final. Mil puertas recorrieron; todas eran parajes sin regreso; los pasos de ellos resonaban en la inmensidad, un lagarto trepaba por las paredes.

“¡Quién sabe si podamos disfrutar de los abrazos, todo huele a miedo en este pasadizo. ¿Hay un mundo allá fuera, un sol que habla, un río para el amor?”, pensaron. Un hombre con traje negro surgió a lo lejos; los esperó, ellos temblaban. “No soy de los suyos, no tengo morada en este reino. Canten conmigo y aparecerá el día”, les dijo. Aprendieron la tonada, tenía aires de selva. Cada estrofa iluminó la estancia poco a poco, la última palabra tenía rostro de sol; el abrazo iluminó la hierba. Un águila miraba desde lo alto, cantaba la canción de la selva y los deseos.

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