jueves, 28 de febrero de 2013

La cáscara de banano


Por Phánor Terán

Suele ser conclusión de paros, petitorios ciudadanos y demás clamores cívicos las consabidas comisiones.

En realidad, debería bastar la petición formulada, el hartazgo con los aplazamientos, para que los funcionarios, o los todopoderosos y poderdantes de cualquier pelambre y condición, se dieran a la tarea de solucionar, de encontrar las medidas necesarias para satisfacer las exigencias, el anhelo popular.

En fin de cuentas, se supone que son gente preparada, que además reciben salario, viáticos y capacitación, para realizar esa función.

Los demás tenemos bastante con el día a día, para tener que sumarle a ello, los gastos de transporte, las horas no-pagas, la inteligencia y el conocimiento mismo, el descuido de los deberes para lo cual no recibimos remuneración.

Si no es así, entonces los funcionarios son ineptos, son incapaces frente a los problemas, frente a las soluciones. A no ser que estén sentados como tantos otros, con todos los juguetes de la información, solucionando otros “problemas”, atendiendo lo que no deben atender, o simplemente que están allí, sirviendo a quien no deben servir. Porque para las grandes necesidades y las pequeñas de los de abajo resultan ser son intermediarios de la sordera, hijos putativos de la ceguera, reinsertados de la cojera, hijos legítimos de la falsedad.

O a lo mejor, son ellos los que al tratar de favorecer a otros, descargan sobre el más pendejo, el fardo de sus asquerosidades.

Aquello de juntas, comisiones, mesas de trabajo, de concertación, o como en el paro cafetero la tan cantinflesca CONSTITUYENTE CAFETERA, no son más que sonajeros al pie de la cuna, distractores para aplazar lo que se debe hacer, esperando que la voluntad y la fuerza popular se disgregue para seguir haciendo de las suyas.

Diciente ejemplo de ello fue el paro de los controladores aéreos en España. Cuando los burócratas fueron a buscar la Junta Directiva para implementar como dicen los acuerdos mínimos a que habían llegado, los mismos controladores les manifestaron que Junta Directiva no había. Que lo que se necesitaba dicho estaba, y que era el gobierno, los funcionarios pagos y especialistas quienes se debían ocupar de interpretar la voluntad colectiva.

Menudo chasco tuvieron porque nada más fácil que poner gratiniano a los dirigentes a trabajar sobre lo que deben hacer los burócratas y porque como siempre se ha hecho, se espera que las tales comisiones sean comprables o vendibles.

Cosa que siempre es posible porque a unos pocos no solo es fácil engañar sino lisonjear. Y porque para el futuro se podrá argüir que no fueron los burócratas o el gobierno de turno los faltones sino los dirigentes que no supieron negociar frente a los sabihondos. Excusa que permite a su vez, en vez de enfrentar las cosas por el lado que son, abrir una guerra entre los traidores y los colectivos, para acuñar la vieja frase de que mientras dividas, reinarás.

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