jueves, 28 de febrero de 2013



EL DESHONOR DE LLAMAR
HONORABLE Y EXCELENTÍSIMO


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,
ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador.
 Todo es igual. Nada es mejor.
Lo mismo un burro que un gran profesor.

En Cambalache, de Enrique Santos Discépolo

Eso de arrodillarse ante un ser igual que uno, de besarle el anillo, de hacerle antesala durante horas, alumbrarle con linterna el paso, tenderle alfombra para que su pie crea que va por las nubes, no es urbanidad, aunque así lo haya enseñado Carreño. Es anacrónica y horrible pleitesía medieval. Es dejarse ver la zanahoria cuando uno se agacha. Alguna vez lo hizo delante de una zarza en llamas de almacén el inocente Moisés, quien, además, se quitó las sandalias por considerarse indigno.

No sé en qué catecismo o ley sagrada se ordenó llamar en Locombia, país sucedáneo de Macondo, a los congresistas o parlamentarios y a los jueces y magistrados con apelativos tan extravagantes como Usía, su Señoría, Honorable o Excelentísimo. Tales calificativos tan exorbitantes fueron sacados seguramente de los libros de caballería que combatió el Quijote, gran fabulador, en sus conversaciones con Sancho Panza, gobernador de las Ínsulas Baratarias.

Nuestros historiadores y novelistas narran las conversaciones y trato que le daban los nobles hacendados o terratenientes en la época de la Colonia y hasta que se abolió la esclavitud a los negros en nuestro país. Los servidores de los dueños debían llamarlos amos, igual que nuestras abuelas llamaban al “Santísimo” en los sagrarios. Aunque también se les permitía llamarlos con el diminutivo de amitos, como le gustaba a uno de nuestros expresidenticos.

Nuestros actuales legisladores, aun estando pagando cárcel, se hacen llamar honorables y los periodistas no tienen vergüenza de hacerlo por micrófono cuando los entrevistan. No les da pena rebajarse hasta caer en ese baldón y predicamento. Y las servidoras y secretarios de comisiones les arrastran la cola y se regodean haciendo que sus oídos se endulcen con el importante remoquete de honorable senador o presidente. Y lo mismo ocurre hasta en los simples concejos municipales. Algo parecido a lo que cantaba Discépolo en Cambalache.

Así también ocurre con los cardenales que se hacen llamar eminencia y los arzobispos y obispos con el rimbombante de excelencia o ilustrísimo señor, aunque todos, incluso el Papa supiera lo que hacen. Igual que una damisela tuerce los ojos porque la llaman amorcito, reina o linda o mi princesa, todos estos señores establecen protocolos solemnes para humillar a seres que no están a la altura de sus enormes sueldos ni se montan a vehículos que ni son suyos.

Razón ha tenido, en este caso, el presidente de Paraguay, Federico Franco, que se ha negado* a sancionar un proyecto de ley aprobado por el congreso de su país en diciembre de 2012. Quieren elevar a rango legal y obligatorio denominar excelentísimo al Presidente y honorable a los diputados de la cámara y a los senadores.

¿Cómo llamar honorables a quienes legislan como el ventero con un embudo para sus intereses? ¿Cómo emplear la lengua para modular esa palabra noble para quienes cargan las espaldas de desigualdades, injusticias que ellos convierten en legales y normales?

Honorable es una palabra muy respetable y digna de nuestro léxico, para tener que aplicarla indiscriminadamente a quienes ostentan un encargo ciudadano que debían honrar. Pero la experiencia nos dice, tozuda, lo contrario.

28-02-13                                         12:22 p.m.

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