miércoles, 7 de noviembre de 2012



UN HOGAR CON LUCES PARA LOS DIFUNTOS

En San Gregorio, por la noche, México, en la celebración del día de los muertos.
Foto AP en Semana.com

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

“Luz, más luz”, pidió Voltaire
 al lanzar su último suspiro.

Los muertos no tienen por qué vivir en tinieblas. Merecen tener luz por donde caminar en el sendero de la eternidad. Eso lo comprendieron los aztecas, los mayas y sus sacerdotes, las águilas, los jaguares y las serpientes con quienes habitaron sus ancestros.

Por siglos de siglos ha corrido la epiglotis diciendo que las tinieblas es el lugar a donde van los muertos. Todo porque al morir el vivo cierra los ojos a la luz que vio en su primer día.

Se va, entonces, dicen, al reino de la oscuridad, a vegetar debajo de la tierra, o al hades, o en la fosa negra de un cementerio.

No. Los muertos, como en El Retiro, Antioquia, de Colombia, pueden seguir siendo habitantes de un mundo de luz y sombras. Allí viven en casas normales con alcoba, antesala, cocina, y lavadero. Y hasta tienen en el antejardín el buzón para que el cartero les deje el periódico y las cartas. Ellos merecen respeto y silencio, más que los demás mortales que siguen gozando de las estrellas, de la Luna, del Sol y de las auroras. No les podemos asignar, porque así lo decidimos, un rincón olvidado, un desván oculto y vestido de luto.

Los mexicanos que saben de mitos ancestrales, que convivieron con altas pirámides junto a al dios sol y veían en la mañana la orilla fina por donde la luz nace, nos enseñan con sus costumbre aún fresca, que los muertos andan tras la puerta en fiestas, restaurantes, oficinas y en la calle.

También veneran a la madre y le dedican un día, existe un día para navidad, otro día para celebrar su independencia. Y tienen otro día para recordar sus muertos como parte de su vida. La muerte no tiene una connotación lúgubre y fatal. Es un destino natural, es un hecho como nacer, como casarse, como comer todos los días. Duele, sí, pero no es el fin del todo de un ser amado, de un habitante que se tuvo al pie y al lado.

Los hombres somos dados a tirar lo viejo, las hojas que nos da el otoño, las flores que se marchitaron al cesto de la basura. Se botan, y… ya no más.

Qué costumbre esta que tienen los Manitos. Celebrar con luces en los cementerios y dulces, y mariachis. Dan oportunidad a que estos habitantes de San Gregorio se levanten de sus camas de losa y piedra y salgan de sus nichos a darse un paseo nocturno entre álamos, pinos, magnolios, cedros y palmeras y a respirar el aire puro que aún nos queda. Mirarán admirados otra vez el cielo con nubes, se sentarán en bancas y charlarán hasta la madrugada cuando el cierzo baje y el frío los invite a tomar de nuevo las cobijas en sus camas.

La luz es la alegría del ojo, consuelo para los caminos y da brillo a la amalgama de los colores de las cosas. En los hogares es signo de que alguien habita y sigue viva su energía. La noche en que el barquero no vea que el faro alumbra o que el peregrino no vea a lo lejos la lumbre su fe se apagará también. Hasta en los cementerios alguien llama cada año y un millar de luces se encienden y harán que resucite la memoria de quienes siguen vivos en el recuerdo y entre los rescoldos del amor.

06-11-12                                   10:55 a.m.

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